Montxo Armendáriz

"MONTXO ARMENDÁRIZ, UN CINEASTA NAVARRO QUE NACIÓ EN OLLETA, EN UN PUEBLO SIN COCHES Y SIN CINE"

(Laudatio de Jesús Angulo y José Luis Rebordinos, leído en el acto de entrega del premio Manuel Lekuona 2008 de Eusko Ikaskuntza, celebrado en Pamplona en abril de 2009)

Montxo Armendáriz, cineasta navarro, nació en 1949 en Olleta, en un pueblo sin coches y sin cine.

Montxo Armendáriz, cineasta vasco, que nació en Olleta, un pueblo sin coches y sin cine, es un buen ejemplo de cineasta que hunde las raíces de su obra en la realidad desde la ficción, que establece con sus películas una relación dialéctica con la realidad. En la historia del cine vasco ha habido dos tendencias claramente definidas: la que plantea la transformación de una sociedad rural en una sociedad industrial, frente a otra que se tapa los ojos ante una realidad en mutación; frente a una que describe las diferencias entre las clases sociales y el papel del dinero en la supervivencia de los seres humanos, otra que inventa un falso mundo de concordia; frente a una que habla de un mundo de penurias, crisis económica, paro y emigración, otra que se inventa un mundo de abundancia… Montxo Armendáriz es el mejor ejemplo de la primera de estas tendencias: la del cine con vocación universal, frente a la de un cine hecho desde, por y para una soñada nación vasca.

Pero Armendáriz no reproduce la realidad de manera mecánica. Como él mismo afirma en uno de sus artículos, intenta “utilizarla” como materia dramática para construir una historia con sentido y significado propio. En Tasio, por ejemplo, aunque nos habla de un mundo rural todavía casi en estado puro, aparece ya un riguroso análisis de los condicionantes socioeconómicos que rigen la vida de los habitantes del pequeño pueblo navarro en el cual y en cuyos alrededores transcurre la historia del carbonero Tasio, que prefiere su libertad antes que dejarse seducir por la vida de la ciudad.

Antes, en el bellísimo documental Carboneros de Navarra, Armendáriz ya había dado la palabra al verdadero Tasio y a sus compañeros de profesión, mostrando cómo vivían y cuáles eran los valores éticos de su época y de sus vidas. Después dejará la Navarra que tan bien conoce y tanto quiere y rodará 27 horas. Trabajará durante un año en el politécnico de Rentería y conocerá a esos jóvenes, a los que hace protagonistas de su película, que tienen la mirada perdida, que no tienen futuro ni esperanza y que encuentran en la droga un alivio a su vacío existencial. Pero no son jóvenes-concepto, creados por su imaginación. Son los adolescentes de aquella época del extrarradio de San Sebastián, de barrios como Beraun, Alza o Intxaurrondo, hijos de “los Tasios de este mundo”, que al contrario que el Tasio auténtico, no se quedaron en su pueblo y emigraron a la ciudad y a las zonas industriales en busca de trabajo.

En Historias del Kronen irá todavía un poco más allá. Aquí dirige su mirada a una nueva generación de jóvenes airados que ya no tiene ningún vínculo con el pasado. Rota la célula familiar, perdidos los valores éticos que les sirvieron para otra época y sin encontrar unos nuevos que les satisfagan, vagan entre el humo, el alcohol y el sexo como muertos vivientes, buscando encontrar algo a lo que aferrarse.

En otras de sus películas esta implicación con la realidad es igual de importante. Son casi siempre ficciones impregnadas de documento, que miran hacia la realidad y conquistan, dentro de ellas, su propia verdad. Ya sea para hacer una crónica de urgencia de la Euskadi del momento (sus cortos y su participación en el proyecto de los Ikuskas), interesarse por los modelos ancestrales de vida y de supervivencia en el interior del bosque (Tasio), por la relación de los jóvenes con la droga (Historias del Kronen), por el racismo y la xenofobia que dificultan la integración de los emigrantes (Las cartas de Alou), para contarnos una Extremadura viva y seductora, a pesar de estar asolada por los incendios (Escenario Móvil) o para recuperar la memoria suprimida de los perdedores en la Guerra Civil española, la memoria de aquellos que defendieron la legalidad constitucional frente al golpe de estado fascista (Silencio roto).

Montxo Armendáriz, cineasta universal, que nació en Olleta, en un pueblo sin coches y sin cines, nos ha legado otras dos hermosas películas que merecen ser subrayadas.

Secretos del corazón es una emotiva y sugerente mirada al mundo de la infancia, donde los ritos, el aprendizaje y la representación se convierten en los motores de la historia. Esta película, que dio la vuelta al mundo, ganó el Premio Ángel Azul en el Festival de Berlín de 1997 y fue nominada al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa en 1998.

Y su último trabajo hasta la fecha, Obaba, adaptación libre de la novela de Bernardo Atxaga, que inauguró en 2005 el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, su película más ambiciosa y compleja, recreación de un espacio imaginado, de unos personajes abocados a enfrentarse con su historia, un relato misterioso, sugerente y abierto, tan realista como soñado.

Además, Montxo Armendáriz no se conforma con dirigir películas. Escribe sus guiones, escribe sobre cine y sobre la vida (igual que rueda) y desde Silencio roto produce películas (entre ellas las suyas) junto a su compañera Puy Oria.

En una ocasión Armendáriz citaba a Rossellini: “En cualquier cultura y en cualquier civilización, el arte ha tenido siempre un papel importante: el de dar el significado del periodo histórico en el que se vivía. El cine debe asumir ese papel, más allá de toda preocupación didáctica: debe recrear y analizar la realidad cotidiana, para organizarla nuevamente y mostrar su sentido profundo”. No se puede definir mejor ni con mayor precisión el cine de Montxo Armendáriz, de, simplemente, un cineasta que nació en Olleta (Navarra), en 1949, en un pueblo sin coches y sin cines.

Enhorabuena por este nuevo premio, Montxo.

Jesús Angulo / José Luis Rebordinos

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