Hay personas, acontecimientos o hechos, que modifican el rumbo de nuestras vidas. Y sus nombres son referencia obligada al hablar de ellas. En la mía, Tasio es uno de esos nombres ineludibles, determinantes. Primero como persona, después como película. A la persona, al «carbonero de toda la vida» –como a él mismo le gustaba definirse–, lo conocí durante el rodaje del documental Carboneros de Navarra, allá por el año 80. Se llamaba Anastasio Ochoa, aunque todo el mundo le conocía como Tasio, sin más. Y vivía en un pequeño pueblo de la Comarca de Estella, en Zúñiga, aunque su verdadero hogar era el monte.
Por aquellas fechas, yo buscaba una historia para llevar al cine. Solía ver a Tasio con frecuencia. En uno de nuestros encuentros, Tasio contó algo que me llamó la atención. De pequeño, me dijo, se las ingeniaba para engañar a sus amigos y coger las crías de los pájaros que descubrían en los nidos. Era su forma de ayudar al sustento familiar. Un día que bajaba del monte con dos crías en la mano, se encontró con un amigo que salía de la escuela. Para que no le descubriera, ocultó las crías bajo su camisa, en el vientre. Pronto empezó a sentir las garras y los picos de las crías sobre su piel. Pero no se inmutó. Hacerlo significaba delatar su presa. Aguantó con una sonrisa hasta que su amigo acabó de hablar y se despidieron. «Te podría repetir de memoria todo lo que me contó –concluyó Tasio–. Ese día, el maestro les había enseñado que la Tierra es redonda y que da vueltas alrededor del sol. Yo no sé si es verdad, porque nunca fui a la escuela, pero te aseguro que me dijo eso. Hay cosas que no se olvidan» Y Tasio tenía razón. No he olvidado aquella anécdota, ni todas las que me contó después. Porque tras la sencillez de sus palabras, de su gesto, estaba la firme convicción de una persona que se mantenía fiel a sus principios, a sus ideas. Unos principios y unas ideas que Tasio había extraído de la vida, de su propia experiencia. Y que resumía con estas palabras: «En el monte puedes encontrar de todo, no necesitas nada más para vivir. Trabajar para otros no es algo natural. Eso es un invento de los ricos, para hacer más dinero» Y añadía, con orgullo: «Siempre me he negado a trabajar para otros, pero te puedo asegurar que a mi familia nunca les ha faltado un bocado de carne, ni de pan, que llevarse a la boca» En la actitud de Tasio, en su comportamiento, encontré el material humano que andaba buscando para construir una historia. Y en base a ello, comencé a trabajar. Fue surgiendo una historia sencilla, donde tenían cabida la amistad, el amor, la muerte, la soledad. Y también la tenacidad, la voluntad y la lealtad de un hombre que no se doblegaba ante nadie, ni ante nada.
Tiempo después, Javier Eder se encargó de poner los diálogos –manteniendo las peculiaridades idiomáticas de la zona– a la primera versión del guión. Y con él en la mano comencé un largo periplo por diversas productoras de nuestra cinematografía. Trataba de transmitir la ilusión que para mí encerraban sus páginas. Pero el proyecto no interesaba. Una tras otra, las puertas se iban cerrando. Y con ellas, la esperanza de realizar mi sueño. Hasta que al cabo de un año contacté con Elías Querejeta, y ya no estuve solo. A partir de entonces éramos dos los que compartíamos la ilusión de ver en la pantalla la historia de Tasio. Después se iría incorporando mucha más gente: actores, actrices, técnicos, figurantes y gente anónima de los pueblos donde rodamos. Sin todas estas personas, sin su colaboración, la película no sería lo que es.
Cuando empecé esta aventura, hace veinticinco años, no sabía la importancia que iba a tener en mi vida. Ahora lo sé. Y me siento muy afortunado de haberla vivido.
Montxo Armendáriz. 2009.