Tasio, primera película del director navarro Montxo Armendáriz, producida por Elías Querejeta, va a ser el gran hallazgo del festival. Con Patxi Bisquert y Amaia Lasa como protagonistas, Armendáriz cuenta, con una maestría y una sensibilidad sorprendentes en un debutante, la historia, desde la niñez hasta la vejez, de un carbonero vasco.
(Manuel Hidalgo, Diario 16, 14 de septiembre de 1984)
Austeridad, belleza formal, cuidadísima ambientación y una soberbia fotografía de José Luis Alcaine hacen de Tasio una de las más hermosas películas proyectadas en esta XXXII Edición del Festival Donostiarra.
(Juan I. García Garzón, ABC, 20 de septiembre de 1984)
Tasio me ha parecido una película tan conmovedora como hermosa (…) El limpio, escueto y sencillo relato cinematográfico de la vida de Tasio, carbonero y cazador furtivo de la sierra de Urbasa, ofrece detonantes afectivos tan evidentes que resulta imposible simular su inexistencia. Ni que decir tiene que la impresionante belleza de las imágenes y la prodigiosa interpretación de los actores constituyen, a la vez, el vehículo transmisor y la materia misma de la emoción (…) La destreza de la realización, la economía de los diálogos, la veracidad de los actores y la ausencia de énfasis retórico de la película movilizan no sólo las nostalgias de un mundo perdido sin también emociones más genéricas, nacidas de valores situados por encima de tiempos fechables y de lugares reconocibles. Tasio no es una reflexión discursiva sobre la libertad abstracta, sino la muestra en imágenes de una libertad furtiva a través del relato, en ocasiones épico y en ocasiones lírico, de la vida de un modesto carbonero navarro.
(Javier Pradera. El País, 22 de septiembre de 1984.)
El personaje de Tasio, magníficamente interpretado por Patxi Bisquert en concepto altamente carnal de la naturalidad, es amado y respetado hasta la exégesis por el espectador, en una suerte de indiscutible heroísmo cotidiano, sobrio en la adversidad y triunfo moral en todo lo que decide, que es tanto y tan poco de lo que se encierra en el espacio vital casa-carbonera-monte.
(Antonio Gutti, Cinco días, 25 de septiembre de 1984)
Tasio quiere ser libre, con la naturaleza se basta. No necesita de dueños ni ataduras. Su vida supone así una vuelta a la edad primaria donde no cabían terceros que manipularan a otros ni caminos que distorsionaran el limpio contacto con el ambiente original. Con ella se invita, pues, a que cada espectador se identifique con esa fábula: en cualquiera cabe el deseo de respirar, como Tasio, el aire de su propia libertad. (…)
Quizá Tasio, la película, más que esa crónica de libertad no frustrada sea el regreso poético al mundo rural que el cine ha marginado desde años. Montxo Armendáriz sería así un cronista de paisaje y de la vida que este encierra, un sensible descriptor de ambientes, un emocionado admirador de la vida: ya surge la polémica sobre este filme ambiguo, que sugiere más que detalla, que insinúa sin remachar.
En todo caso, la belleza de sus imágenes, la plena seguridad con que Armendáriz las utiliza sabiendo que en ellas se conserva cuanto la película es; el ritmo narrativo de esta historia sin historia, es decir, de esta vida en la que nada extraordinario ocurre, parece indiscutible. Tasio cautiva por cuanto muestra y cuanto calla. El pulso interior de los personajes se mantiene en insinuaciones, en aspectos que parecen simples pero que guardan todos los secretos de la vida, de la de Tasio y la nuestra: la amistad, el amor, el dolor y la muerte, la sonrisa y el miedo, se entrecruzan por etapas. En ese decorado del valle donde Tasio vive, sus emociones son naturales, sencillas y no elementales: el núcleo central del afán del hombre. Cada espectador se comunicará con el filme desde el ángulo de sus propios sueños.
(Diego Galán, El País, 25 de septiembre de 1984)
Es un canto a la independencia y a la dificultad de ser uno mismo. No deduzcan que interviene la épica, la loa, la tragedia gritona. Montxo Armendáriz es más sutil que todo eso, y gracias a ello se produce el milagro del arte. Con estilo, sin manipulación, sin forzar las situaciones, sugiriendo, presentándote gente parca en palabras y contenida en los sentimientos. Capaz de estremecerte con la sencillez, de conseguir que los comprendas a ellos y a su entorno.
(Carlos Boyero, Guía del ocio, septiembre de 1984)
Sus intenciones –“recuperar a esas personas no viciadas por nada, que viven una existencia silenciosa y que hacen de la libertad, del amor a las cosas sencillas, del paisaje y de las formas más elementales de la vida la razón de su propia existencia”- Son tan sencillas como la misma película. No hay en ellas mensajes ocultos, alegorías políticas, ni gimnasias intelectuales –cosa que podría sorprender tratándose de una producción de Elías Querejeta, el más comprometido y combativo de nuestros productores. No hay tampoco alardes cinematográficos, simplemente, una serie de panorámicas enlaza sistemáticamente el horno donde se prepara el carbón vegetal –que adquiere caracteres de símbolo, de mito- y el bosque, los dos polos que centran la existencia de Tasio.
Los hechos de su vida, cotidianos o dramáticos –la caza de un jabalí, la enfermedad de la mujer, la rivalidad con un guarda- aparecen distanciados, elípticos, casi datos para un documento etnográfico; en suma, como si el director identificara su estilo con el personaje. Hay, empero, una emoción contenida en la película, que aflora con fuerza en la escena final –la hija, ya mayor, va a casarse y le requiere para que se vaya a vivir con ella en la capital, pero Tasio se quedará en el monte –una de las más hermosas en el cine español de los últimos años.
(José Luis Guarner, La Vanguardia, 11 de octubre de 1984)
Tasio fascina, seduce. Tasio te obliga a un juego donde el poder puro sobre uno mismo, lo atávico de una libertad animal y el orgullo entendido como fuerza positiva se convierten en elementos de medida, ineludibles, entre Tasio y nosotros. Todos somos Tasio, Tasio somos todos y la universalidad de un personaje norteño aferrado a sus convicciones, a la tierra y a sus ancestros, deviene postura política de primer orden.
(Pablo López, Guía del ocio de Barcelona, 12 de octubre de 1984)
La belleza de las imágenes, la seguridad del protagonista en sus planteamientos, la descripción de las costumbres y la cruda veracidad de la historia quedan plasmadas en este filme con toda la ambigüedad de la vida misma. Una película inquietante, insinuante, que parece rodada en otro lenguaje, como si hubieran olvidado sus artífices que la vida es sueño y el cine es uno de estos sueños.
(Noticiero Universal, Barcelona, 16 de octubre de 1984)