Ser actor porno y no morir en el intento…

Tengo que reconocer que, cuando uno decide generalmente a una edad temprana dedicarse a esto de la actuación, desde luego que lo último que se le pasa por la cabeza es que vaya a terminar trabajando en el cine para adultos. No sólo eso, sino que ni siquiera piensa en que la pornografía sea un campo donde demostrar dotes artísticas y mucho menos actorales, cuando éstas no tiene por qué se siempre mostradas delante de una cámara de vídeo: puede ser representada por fotos, pinturas, publicidad… y otras manera que ahora no recuerdo, pero que seguro están ahí.

Y es que no es fácil, aún en estos tiempos, admitir ante los demás que eres un actor/actriz porno. ¿Por qué? Bueno, en los papeles queda muy bien eso de la libertad, el trabajo digno, la tolerancia y las expresiones artísticas; pero en la realidad, esta sociedad hipócrita no deja atrás sus manías tan fácilmente. Todos en mayor o menor medida acabamos consumiendo porno de una u otra manera, a veces de forma más que voluntaria y otras casi sin querer, pero ahí está la realidad; sin embargo, pensar en que los protagonistas de esas escenas picantes que nos excitan son trabajadores que están cobrando por su trabajo, y que tiene que prepararse como cualquier profesional de cualquier medio para ello, ya no se nos da tan bien, porque admitir que lo disfrutamos y que nos hacen disfrutar es algo que nos gusta llevar en la intimidad, no de cara a la galería.

¿Y qué decir de la mochila que significa confesar que uno/a se dedica a hacer este tipo de cine, me refiero a películas porno? Aquí hay dos vertientes, y por supuesto el machismo también tiene mucho que decir en este asunto (no en vano la pornografía se ha considerado desde siempre un asunto de hombres, hecha por y para el género masculino, ¿no es así?): si eres hombre, eres un tío macho capaz de  tirarte a un montón de tias buenas en el menor tiempo posible, es un chollo de trabajo; si eres mujer, eres de esas cerdas que sólo piensan en el sexo y el vicio, y que no les importa que se las tiren un montón de tíos extraños porque son muy putas. Como se puede ver, la diferencia no puede ser más abismal, y es que parece ser que a las mujeres va a costarle bastante tiempo y esfuerzo el tener el derecho a gestionar su propia sexualidad, no hablemos ya de poder tirarse a quienes quieran, sea de forma gratuita o no.

Y si a esta polémica añadimos que quien tenga que confesar la profesión de su pareja es un hombre en cuestión, es asunto es mucho más espinoso. Curiosamente, no es un honor tener una novia que se dedique a hacer cine X, sin embargo no creo que ninguno de los hombres que salen con estrellas porno tengan ninguna queja sobre su actuación en la cama; claro que tampoco se debe mezclar la vida profesional con la personal, pero es difícil pensar que una mujer que está acostumbrada y preparada a lidiar con el sexo con desconocidos, o al menos con gente que no le atrae y con la que nunca pensaría ser pareja, sea un fracaso en la cama con alguien con quien realmente quiera estar. Sin embargo, ¿sería capaz un hombre de decir claramente que su novia o mujer es una fiera en la cama precisamente porque se dedica al porno? Pues no me parece que hayamos llegado a ser tan liberales, la verdad, y la pregunta es: ¿llegaremos a serlo algún día?

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